La primera vez que Inés se preguntó, ¿qué tan emocionante podría ser la noche de bodas si ya tuviste relaciones?, estaba en la secundaria y aún era virgen.
Amigas de su madre contaban de una noche de boda inolvidable, apoteótica y otras de un desastre. Así que Inés, ante la falta de evidencias confiables, tendría que ser ella quien descubriera si existía la magia de la luna de miel, a la que tantas esposas desencantadas se aferraban, como un náufrago al salvavidas en medio del océano.
Cuando cumplió diecinueve años consideró que tenía la edad y la madurez para tener su primera experiencia sexual, pero cuando lo hizo la realidad fue otra, no sintió nada, pues el universitario resultó un ignorante. Dolor y un pesado vacío la recluyó horas en la regadera pensando si había valido la pena perder así su virginidad, pero ya nada podía cambiar, así que no le fue difícil silenciar la neurona que guardaba el recuerdo, y éste quedó en el olvido.
Cuando terminó la universidad estaba convencida que el sexo sin amor, simplemente para satisfacer un deseo carnal, resultaba una experiencia desagradable contraponiéndose al amor espiritual, y que no siempre podías amar a quien deseabas ni desear a quien amabas, pero disfrutó de su sexualidad sin compromiso de por medio.
Fue entonces que conoció a Rodolfo, ocho años mayor que ella, divertido, amable y respetuoso, tocaba la guitarra y cantaba con una voz cadenciosa que arrullaba a las muchachas sin importar su estatus social, algo así como aquel afamado cantante originario de Guamúchil, Sinaloa. Por supuesto, Inés no fue inmude a sus encantos y llegó admirarlo, su personalidad y en especial, su voz tal suave y masculina. Primero fueron amigos, luego novios y después se comprometieron en matrimonio, para beneplácito de la familia de ella, y no porque tuvieran algún interés, simplemente era un buen partido para la chunca de la casa.
Nunca habían pasado más allá de las caricias subiditas de tono, algo que ella deseó sucediera, pues hoy día tener sexo es tal normal como comerse una torta, pero nada, nada de nada, Rodolfo era todo un caballero del siglo pasado.
Cuando llegó el día de la boda, la exaltada Inés cuidó todos los detalles de su arreglo personal, masajes, dieta, belleza de manos y pies, permanente, tintura y corte de cabello, mascarillas, maquillaje de cuerpo completo, permanente y tintura de pestañas, uñas gelificadas y esculpidas en pies y manos, desintegración del folículo piloso lo que es lo mismo, depilación con láser del abdomen, axilas, bigote, la linea del bikini, brazos y piernas, cara, cuello, entreceja, entrepecho, espalda, frente, glúteos, hombros, manos, cuello, pies hasta el coxis, en fin, todo cuanto ofrecía la industria de la belleza, pues ella deseaba que la noche de bodas debía ser perfecta, inolvidable, única, solo así podría confirmar si existía o no la magia de la noche de bodas si ya no era virgen.
Todo transcurrió tal fue planeado por los novios, la ceremonia civil, la fotografía, la ceremonia religiosa, la recepción en un salón de lujo, todo. Finalmente cuando estaban solos en la habitación, arreglada para la ocasión con ramos de rosas rojas y blancas, una botella del mejor champagne, bocadillos franceses, de un hotel de cinco estrellas, Rodolfo se excusó y entró al baño mientras la novia se despojó del vaporoso vestido blanco con movimientos sinuosos, como si bailara una danza oriental, quedando con un corpiño ajustado, un micro bikini y medias negras, observó su imagen reflejada en el espejo y sonrió satisfecha, se sentía la mujer más deseada del mundo.
- ¡Rodolfo!, ¡cariño!, ¿ya vienes? - le llamó impaciente.
- ¡Un momento! - respondió Rodolfo con voz varonil.
Las amigas no dejaron de darle consejitos "No hables mucho, deja que él sea quien tome la iniciativa, no te veas muy experta, no lo presiones, deja que las cosas sucedan por si solas, no le permitas ...", etcétera, etcétera.
Mientras, en el baño, el novio pensaba cómo podía decirle su secreto, en su noche de bodas.
Rodolfo, siempre preocupado por el que dirán, atractivo y asediado por las mujeres, le gustaba vestir bien, le fascinaban las canciones de Britney Spears y era admirador de Lady Gaga, se definía como un metrosexual, un hombre moderno, con impulsos y deseos hacia ambas direcciones, sin exclusividades, un ser metafórico.
- ¡Rodolfo!, ¡cariño!, ¿ya vienes?
- ¡Un momento! - respondió el novio.
¿Cómo podía decirle sin estropearlo todo?, ¿qué tan difícil sería que entendiera?, la colmaría de amor, de cuidados, de protección, de comodidades, viajes, lo que quisiera. Lo único que pedía era llevar una vida normal a la vista de todos.
En un momento de cordura Rodolfo decidió callar, salió del baño, apagó las luces de la habitación dejando tan solo una lamparita que permitía ver a la novia recostada en la cama, esplendorosa, radiante, se acercó despacio mirándola fijamente, acariciándola con los ojos, se despojó de la ropa, lentamente, ella le tomó de la mano mientras sus ojos cafés fabricaban promesas de amor, esa noche la pareja de recién casados fueron felices, pero después...
Gervasio Ponteduro.
7 de mayo de 2010
Amigas de su madre contaban de una noche de boda inolvidable, apoteótica y otras de un desastre. Así que Inés, ante la falta de evidencias confiables, tendría que ser ella quien descubriera si existía la magia de la luna de miel, a la que tantas esposas desencantadas se aferraban, como un náufrago al salvavidas en medio del océano.
Cuando cumplió diecinueve años consideró que tenía la edad y la madurez para tener su primera experiencia sexual, pero cuando lo hizo la realidad fue otra, no sintió nada, pues el universitario resultó un ignorante. Dolor y un pesado vacío la recluyó horas en la regadera pensando si había valido la pena perder así su virginidad, pero ya nada podía cambiar, así que no le fue difícil silenciar la neurona que guardaba el recuerdo, y éste quedó en el olvido.
Cuando terminó la universidad estaba convencida que el sexo sin amor, simplemente para satisfacer un deseo carnal, resultaba una experiencia desagradable contraponiéndose al amor espiritual, y que no siempre podías amar a quien deseabas ni desear a quien amabas, pero disfrutó de su sexualidad sin compromiso de por medio.
Fue entonces que conoció a Rodolfo, ocho años mayor que ella, divertido, amable y respetuoso, tocaba la guitarra y cantaba con una voz cadenciosa que arrullaba a las muchachas sin importar su estatus social, algo así como aquel afamado cantante originario de Guamúchil, Sinaloa. Por supuesto, Inés no fue inmude a sus encantos y llegó admirarlo, su personalidad y en especial, su voz tal suave y masculina. Primero fueron amigos, luego novios y después se comprometieron en matrimonio, para beneplácito de la familia de ella, y no porque tuvieran algún interés, simplemente era un buen partido para la chunca de la casa.
Nunca habían pasado más allá de las caricias subiditas de tono, algo que ella deseó sucediera, pues hoy día tener sexo es tal normal como comerse una torta, pero nada, nada de nada, Rodolfo era todo un caballero del siglo pasado.
Cuando llegó el día de la boda, la exaltada Inés cuidó todos los detalles de su arreglo personal, masajes, dieta, belleza de manos y pies, permanente, tintura y corte de cabello, mascarillas, maquillaje de cuerpo completo, permanente y tintura de pestañas, uñas gelificadas y esculpidas en pies y manos, desintegración del folículo piloso lo que es lo mismo, depilación con láser del abdomen, axilas, bigote, la linea del bikini, brazos y piernas, cara, cuello, entreceja, entrepecho, espalda, frente, glúteos, hombros, manos, cuello, pies hasta el coxis, en fin, todo cuanto ofrecía la industria de la belleza, pues ella deseaba que la noche de bodas debía ser perfecta, inolvidable, única, solo así podría confirmar si existía o no la magia de la noche de bodas si ya no era virgen.
Todo transcurrió tal fue planeado por los novios, la ceremonia civil, la fotografía, la ceremonia religiosa, la recepción en un salón de lujo, todo. Finalmente cuando estaban solos en la habitación, arreglada para la ocasión con ramos de rosas rojas y blancas, una botella del mejor champagne, bocadillos franceses, de un hotel de cinco estrellas, Rodolfo se excusó y entró al baño mientras la novia se despojó del vaporoso vestido blanco con movimientos sinuosos, como si bailara una danza oriental, quedando con un corpiño ajustado, un micro bikini y medias negras, observó su imagen reflejada en el espejo y sonrió satisfecha, se sentía la mujer más deseada del mundo.
- ¡Rodolfo!, ¡cariño!, ¿ya vienes? - le llamó impaciente.
- ¡Un momento! - respondió Rodolfo con voz varonil.
Las amigas no dejaron de darle consejitos "No hables mucho, deja que él sea quien tome la iniciativa, no te veas muy experta, no lo presiones, deja que las cosas sucedan por si solas, no le permitas ...", etcétera, etcétera.
Mientras, en el baño, el novio pensaba cómo podía decirle su secreto, en su noche de bodas.
Rodolfo, siempre preocupado por el que dirán, atractivo y asediado por las mujeres, le gustaba vestir bien, le fascinaban las canciones de Britney Spears y era admirador de Lady Gaga, se definía como un metrosexual, un hombre moderno, con impulsos y deseos hacia ambas direcciones, sin exclusividades, un ser metafórico.
- ¡Rodolfo!, ¡cariño!, ¿ya vienes?
- ¡Un momento! - respondió el novio.
¿Cómo podía decirle sin estropearlo todo?, ¿qué tan difícil sería que entendiera?, la colmaría de amor, de cuidados, de protección, de comodidades, viajes, lo que quisiera. Lo único que pedía era llevar una vida normal a la vista de todos.
En un momento de cordura Rodolfo decidió callar, salió del baño, apagó las luces de la habitación dejando tan solo una lamparita que permitía ver a la novia recostada en la cama, esplendorosa, radiante, se acercó despacio mirándola fijamente, acariciándola con los ojos, se despojó de la ropa, lentamente, ella le tomó de la mano mientras sus ojos cafés fabricaban promesas de amor, esa noche la pareja de recién casados fueron felices, pero después...
Gervasio Ponteduro.
7 de mayo de 2010

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