viernes 8 de abril de 2011

POR UN PELITO

Las mujeres con rebozos negros y raídos, agobiadas por el calor de la costa, envueltas en humo de estoraque, rezaban sumisas por el descanso del difunto. Los niños, indiferentes al dolor, descalzos, vistiendo pantaloncitos cortos y playeras, jugaban en torno a las enaguas de sus madres. Los rostros morenos, como el cacao, reflejaban tristeza, resignación. Eran rostros adobados por el sol y la sal del mar.
Entre las sombras de la penumbra de la habitación, dónde estaba el féretro, escuchábamos la voz monótona de la rezadora que decía:


- Santa María madre de Dios…
- Ruega por nosotros… - Contestábamos.
- Dales, señor el descanso eterno…
- Luzca para ellos la eterna luz… - Replicábamos.
- Descansen en paz…
- Así sea... – Respondíamos.


Era gente sencilla, de campo, gente sufrida, sin más pretensiones que tener resignación para soportar las calamidades de la vida.


Mucha gente vino de todas partes, de Tonalá, de Tuxtla Gutiérrez, Huixtla, Mapastepec, la Polka, rancherías circunvecinas, hasta del Distrito Federal, nosotros, para velar a mi suegro. Se dieron tamalitos de chipilín, de bola, de cambray y de yerbasanta. Café y pan. “Un fuertecito”1 para los hombres, mistela para las mujeres y Coca cola para los chilpayates. Afuera, junto a la cocina, en el corredor, estaban los músicos interpretando con una marimba de doble teclado las melodías preferidas de don Constantino: “Adiós, muchachos compañeros de mi vida, barra querida de aquellos tiempos. Me toca a mí hoy emprender la retirada…”, o aquella otra: “Muere el sol en los montes, en la luz que agoniza, pues la vida en su prisa nos conduce a morir…” las notas suaves y tristes de la música potenciaba el dolor de todos los que allí estábamos.


Debajo de la enramada se habían colocado mesas y bancos para acomodar a los que llegaran al velorio, pues la casita era insuficiente para dar cabida a tal multitud. Don Constantino era muy apreciado por todo mundo. La hombrada, que se había ya reempujado dos o tres tragos, jugaba baraja y dominó.


De cuando en cuando escuchábamos a alguien lamentarse, cuestionando a Dios -¡Por qué Señor, por qué! ¡Ay Dios mío que voy hacer! Todos asentíamos comprendiendo el intenso sufrimiento o la culpa contenida.


Yo pensaba en mis adentros que a los difuntos no debemos detenerlos, ni llamarlos con plegaria, dolor o arrepentimiento, pues para que el alma descanse, hay que dejarla que se vaya, que se vaya… así, sin más.


En el rincón más apartado del cuarto, junto a la vitrina donde guardaban la vajilla para los días de fiesta, observé a un viejo de apariencia humilde, con sombrero en la mano, de pantalón azul y camisa blanca y guaraches, que parecía querer pasar desapercibido, mimetizado con la pared de ladrillo. Su atención estaba en las lágrimas que caían sobre la madera desnuda del féretro, mezclándose con miles de motas de polvo atrapadas en el rayo de sol que se filtraba por el techo y luego caían sobre las flores que, como alfombra, estaban desparramadas sobre el piso de tierra.


****
Ciertamente pudo ser error médico, la tristeza o quizás la enfermedad, pero don Constantino se consumió hasta los huesos. Mi suegro murió sin decir una palabra, satisfecho con el balance de su vida. Sólo el suave estertor del último aliento anunció el final, el alma abandonó el cuerpo y partió con la niebla de la muerte en las últimas horas de la tarde. Se fue, por fin, dejando al cuerpo derrotado por la edad, la que siempre, habrá de vencernos a todos sin excepción.


Don Constantino vivió en el rancho San Uriel, como el arcángel que significa fuego de Dios, a tiro de piedra del estero, cerquita de la Polka, una colonia de pescadores y agricultores en la costa chiapaneca. Ahí, en la casita de ladrillo y techos de teja, nacieron sus nueve hijos: Conrado, Cosme, Cristina, Carolina, Catalina, Celina, Clotilde, Constanza y Delfina. Aunque llevó una vida a destajo, se consideró hombre afortunado, pues decía, que la vida le dio mucho, y tenía toda la razón, vivir libre en el campo, comer lo que cultivaba de la tierra, saborear la taberna que acunaba en los palos de coyol, beber del pozo que estaba a espaldas de la casa, en el hondo del arroyo seco. ¿Qué más podía desear?, más que vivir rodeado de quienes le amaban, con sus vacas, gallinas, su perro tortillero y por supuesto, de jolote, su caballo.


****
En la noche, después del sepelio, permanecimos todos en la casita de San Uriel, como si estar ahí, rodeados de las cosas del viejo, nos reconfortara nuestra intensa sensación de soledad y abandono. Las conversaciones giraban en torno de él. La herencia de sus facciones estaba en los rostros de su descendencia. Cuando la noche se hizo tarde y el día temprano, nos fuimos a dormir. Nuestros cuerpos abatidos por el dolor, reclamaban descanso. Poco a poco el ajetreo de la casa se fue calmando; se colocaron los pabellones, se atrancaron las puertas y ventanas y se apagaron los quinqués. Allá en el potrero, escuchábamos el mugido sosegado de una vaca llamando a su chivo. La luna, detrás de la piedra de Bernal, vigilaba nuestro sueño.


Cuando eran las tres de la mañana, en la inconsciencia del sueño, todos escuchamos clarito los gritos. Despertamos alarmados. Las mujeres prendieron los quinqués de petróleo, los hombres tomaron sus machetes, los niños lloraron y la chuchada ladraba nerviosa. Eran gritos de espanto lo que oíamos, esta vez más cerca, parecía que venían del potrerito donde marcaban los chivos, al otro lado del camino, junto al árbol de cedro. Fue entonces que alguien advirtió que Adelfo, uno de mis concuños, no estaba con nosotros. ¡Era él quien gritaba! Los hombres se desperdigaron por el monte. Lo llamaban en la oscuridad con voces fuertes, como es costumbre en el rancho: “¡Eaaaa!... ¡Adelfooooo!... ¡Compadreeeee!... ¿Dónde estás?...” Peinaron toda la loma, caminaron hasta el arroyo de San Pedro, al sur, y a la piedra de Bernal al norte, pero no lo hallaron.


Cuando amaneció, el hombre estaba recostado en un poste de hormiguillo, abrazándose las canias. En los pies tenía profundos cortes, por el filo de las piedras, estaba todo cubierto de lodo, revolcado, como si un toro lo hubiese agarrado. Estaba como ido el cabrón. Lo trajeron a la casita, le dieron un cafecito caliente y luego un trancazo de trago, solo así reaccionó Adelfo y pudo contar lo ocurrido a mis cuñados. ¿Qué les dijo?, nadie lo supo, solo ellos tres. Los demás escuchábamos que decían: ¡¡Te salvaste compadre!!... ¡¡POR UN PELITO!!… ¡¡Te salvaste compadre!!


Noches después, estando aún en el rancho, soñé con mi suegro, y lo que me dijo, tampoco lo he contado. Así que, en la familia hay dos secretos. Secretos que nadie se atreve a revelar, y que tal vez un día se conozcan o sean olvidados.


Será por el dolor de la pérdida de este buen hombre o por lo ocurrido aquella madrugada cuando Adelfo anduvo corriendo en las mangas de los potreros como loco, pero después del entierro de don Constantino, la familia se olvidó de las diferencias, de los rencores del pasado, y desde entonces vivieron unidos a su recuerdo. Años después, nos decidimos regresar con la familia al rancho para quedarnos a vivir allí, pero para qué, si don Constantino se había ido para siempre.




Fin


Saúl J Trejo
8 de abril de 2011
Derechos reservados

5 comentarios:

Anónimo dijo...

muy bonito cuento y la musica adecuada para tal, lo malo don saul es que nos deja intrigados, como queriendo saber lo que paso. Que misterioso es usted.
saludos.

Manuel Pinto del Ristral dijo...

Agradecemos tu comentario, y tienes razón lo que pasa es que esta historia tiene una segunda parte.

Castro Santacruz dijo...

buen blog,me fascino.


estaremos al pendiente...

"alphie"

gato con pantuflas dijo...

umm, como que ya es tiempo de la segunda parte de "por un pelito" nos deja en ascuas.
saludos y miaus!!

Manuel Pinto del Ristral dijo...

Para gato con pantuflas. Ya estamos trabajando en la segunda parte, pronto lo leerás en la página. Gracias por tus comentarios.