
Ella era una pulcra anciana de más de ochenta años, solía aún maquillarse y salir por las tardes a sentarse a la puerta de su casa a recibir el fresco del atardecer para ver pasar a la gente que la saludaba con mucho respeto y cariño con un efusivo - ¡Adiós, tía!, ¡que Dios la cuide, tía!
Desde luego, eran aquellos tiempos de la canica cuando vivíamos con tranquilidad, sobre todo seguridad y dónde casi todos nos conocíamos.
En esos tiempos de Dios los chiquillos salían a jugar a la calle de barro, sin peligro de ser atropellados, asaltados o raptados. La tía parecía feliz verlos retozar, sin embargo, los niños como tales eran traviesos y le gritaban - Adiós tia ichi!, el sobrenombre se debía porque se maquillaba más de la cuenta y decían tenerle miedo, pero en realidad era pura travesura. Ella contestaba con premura aparentando enojo - ¡Adios hijo...!, dejaba en suspenso el resto de la frase y luego inclinaba la cabeza y cubriéndose la boca con una de sus artríticas manos decía para sus adentros - ¡...de la gran...!, y se sonreía quedito.
Así pasaba de tarde en tarde, hasta que llegó el tiempo en que la puerta no se abrió nunca más y la silla quedó arrumbada en un cuarto.
Nelly G
16 de septiembre de 2007
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